De figuras y olvidos
El Croniquero
Chilpancingo, Gro., febrero 20 de 2010 (IRZA).- Apuntalado en los puros recuerdos, en los momentos felices y en los instantes ingratos de cincuenta y cuatro años menos siete días de su vida, Armando Chavarría Barrera llegó justo al término de las once campanadas sordas de la mañana del sábado 20 de febrero incierto en la catedral de Santa María de la Asunción, mismísimo espacio donde hace casi doscientos años instaló su Primer Congreso de Anáhuac el generalísimo don José María Morelos y Pavón, buscando la igualdad de los prójimos, entre sus vicios y sus virtudes. Saludó a cada uno de los cincuenta y cuatro asistentes, entre ellos siete niños, tres reporteros y un fotógrafo, que dedicaron cincuenta y cuatro minutos justos de sus vidas a recordarlo en el recinto católico más emblemático de la ciudad capital. Esmeralda Castro y Felipe Cruz, los integrantes del coro, fueron los primeros en darle el tono, desde el púlpito, al mediodía melancólico: cambiaron los cánticos propios de la Cuaresma, el Aleluya sempiterno, reciente el Miércoles de ceniza, por los acústicos del deseo por el descanso de los fallecidos: “Las puertas de la nueva ciudad se abren para ti. Y Dios, tu amigo, te salvará. Verás el nuevo día, el nuevo sol. Verás la nueva vida: resurrección. El pan de vida, Dios es amor…” Y entonces los ojos de más de dos, o tres, que se humedecen y que quieren llorar, que quieren gritar, que quieren reclamar por el asesinato que sigue impune. Y tal si no fuera poca cosa, el sacerdote que se lanza a sermonear a los presentes con la alegoría en la cual se platica la historia del encuentro de Jesús con Levi, un recaudador de rentas de la época de las crucifixiones. La palabra, dicen los conductores de la misa en honor del ex aspirante a la Rectoría de la Universidad, ex director del Instituto para la Educación de los Adultos, ex diputado federal, ex senador de la República, ex secretario general de Gobierno y ex aspirante a gobernador, es la tolerancia y el sentido común, la comunión con los demás. “Para muchos —dice el prelado—, a seis meses de su muerte, el licenciado Armando sigue siendo inspiración y motivo de ejemplo. Que Dios lo tenga en su lugar…” Ciento ochenta y tres días y veintiocho horas y dieciocho minutos después de que varias cabronas, malditas, canijas balas entraron en su cuerpo —una, mortal por necesidad, por su frente— y le cortaron la existencia material, física, Armando entró a la catedral y se sentó en medio de donde ya estaban sus amigos y su egregia, bella esposa, enfundada ella en una blusa preciosa color perla y un pantalón negro. No estaban Azucena ni Mirna, sus hermanas, ellas sabrán por qué. “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo…”, se oye en la homilía. Y entonces que el sacerdote, impelido por la orden pagada de la misa de los seis meses del sepelio, explica ante todos que la alusión a San Mateo y Levi se refiere al servidor público que, agradecido por los favores, organiza una fiesta en honor de su protector. Insiste en que en todos quienes conocieron, en idéntico ejemplo, a Armando Chavarría, debía caber el agradecimiento porque los puso al servicio de los demás. Nadie que voltea. Como quiera, es obvio: nadie del Polo Guerrerense de Izquierda, que él fundó. Nadie del Partido de la Revolución Democrática, en ese plan. Nadie del Secretariado Estatal del partido, que tantas veces presidió. Nadie del Gobierno del estado, donde ocupó la Secretaría General, el segundo cargo político en importancia, pudiendo haber sido el candidato a la gubernatura en el 2005. Nadie del Congreso del Estado, donde fue líder hasta antes de que una sobredosis de plomo acabara con su vida aquel fatídico 20 de agosto, cuando iba a hacer ejercicio, siete días antes de su cumpleaños, tempranito. Nadie de la Universidad Autónoma de Guerrero, de la cual pretendió ser rector por lo menos en dos ocasiones. La liturgia avanza y, cabalísticos o no, los cincuenta y cuatro minutos de los cincuenta y cuatro asistentes a la celebración de los seis meses de las exequias del líder, sirven para notar quiénes sí acuden a la conmemoración. Ahí andan el ex alcalde de Tixtla, Edgar Astudillo; Rubén García Medina, ex regidor; el ex alcalde de Quechultenango, Bernardo Ortega, y Nelson Valle, el más encumbrado de los funcionarios del Congreso del Estado. Ahí anda, desde temprano, el abogado Arturo Luna, celular al cinto y llavero de USB en ristre. Y, claro, desde el principio, están presentes Héctor Astudillo y Mercedes Calvo, alcalde de la ciudad y presidenta del DIF, amigos de la familia. Todo va bien, hasta que, de pronto, irrumpen en la misa, para cumplir su encomienda, quienes juraron ser los fieles seguidores de su proceso y exigentes de que se haga justicia. Llegan, en montón, pero ordenados, los diputados locales, sus últimos compañeros en las lides políticas. Florentino Cruz, ex rector, apodado La Milpa (“Mil pa ti, mil pa mí. Hoy por Rogelio, mañana por ti”), diputado local, presidente de la Comisión de Educación. Antonio Galarza, legislador panista. Efraín Ramos, presunto imparcial, que saluda efusivo al difunto, como siempre. Luis Edgardo Palacios, que le estrecha la mano fantasmal como si nada hubiera pasado, o como si él nunca se fuera a morir. Victoriano Wences, que lo abraza, afectuoso. Natividad Calixto, que le vuelve a jurar lealtad, por haberlo metido a tomar protesta en contra de la voluntad de los maestros. Rubén Valenzo, que por primera vez se quita el sombrero y abraza al homenajeado. Gisela Ortega, con una blusa sugestiva y una falda más declarada que la imaginación, quien le protesta de nueva cuenta su adhesión, en nombre de su padre, más que de ella. Napoleón Gómez, quien le choca la mano, como si fueran grandes cuates. Lupita Gómez Maganda, quien le da un beso en la mejilla y le repite su solidaridad con un apapacho que parece no terminar. Carlos Jacobo, el pollero, que le promete algo de lo cual nadie se entera. Y al final, Héctor Vicario Castrejón, igual que él, aspirante a gobernador, que le promete, una vez más, su fidelidad para siempre y hasta la victoria, como si siguieran en los mítines de estudiantes de aquellas épocas hermosas cuando administraban multitudes atraídas, entre otras cosas, por la singularidad en la pronunciación defectuosa de la erre. Y Celestino Cesáreo, quien lo saluda, pero se sale rápido del sitio porque alega que va a arreglar un asunto de pensiones, aunque se dice consciente de que le debe el cargo a su maestro, ahora con el camposanto como hogar. Así termina la celebración por los seis meses del asesinato de Armando Chavarría, el líder, el poderoso, el sempiterno, el hierático, el dador de cargos o el perdonador de destinos. Por si fuera necesario mayor emotividad, doña Martha Obezo, bellísima, le pide a Armando que la acompañe por todo el recinto y, uno por uno, les agradece a todos los presentes su asistencia. Armando va tras ella, apuntalado, como ya se dijo, en la memoria, en los recuerdos, enfundado en una guayabera blanca, por un momento, y en un traje de estudiante belicoso, por otros ratos. Unos la abrazan, otros la saludan simplemente, pero todos aplauden con genuina afectividad el gesto, mientras el igualteco los mira con recelo, pero perdonándolos, al fin y al cabo. A veces se detiene entre los más cercanos y se funde en un abrazo doliente, mientras Armando saluda a todos con breves palabras, acentuando su defectuosa erre. Recorren juntos, ella y él, él y ella, Martha y Armando, todas las bancas y vuelven a su sitio cuando todos se han manifestado aquello de que “La paz os pido, la paz os doy”. Luego, la invitación del párroco a ir al panteón a continuar la ofrenda en la tumba del homenajeado, en todo el máximo de su presencia ausente, eterna. Y todos, que lentamente, pasados cincuenta y cuatro minutos de la homilía por los cincuenta y cuatro años de Armando, que empiezan a abandonar la sede de la catedral en los primeros ciento ochenta y tres días y veintiocho minutos de que su vida dejó de ser tal y se convirtió en exigencia de justicia. Y enseguida las declaraciones. Astudillo que afirma que Armando fue realmente su amigo, y que con su familia tiene una cercanía realmente genuina y que reclama justicia pronta. Y doña Meche que se funde en un abrazo con la viuda de seis meses. Y Armando Chavarría Obeso, el hijo, ahora huérfano, que declara a los medios, lacónico y final: “Le quieren apostar al olvido”. Y que va más allá, finalmente, igual de lapidario: “igual que otros crímenes, éste lo van a dejar impune…”. (www.agenciairza.com)


Texto demasiado extenso para ir en un solo párrafo. Tedioso para leer, ni siquiera lo terminé
ponte las pilas Elino.